Suma Cero: El Laberinto de la Argentina Que No Alcanza
En el ajedrez cotidiano de la vida argentina, la partida parece jugarse con una premisa ineludible: la suma es cero. Una pieza avanza, pero otra retrocede. Un esfuerzo redobla, pero el resultado final, el poder de compra, la calidad de vida, se mantiene en un punto que parece estancado, cuando no directamente en declive. Esta no es una columna sobre números fríos de la macroeconomía, sino sobre la matemática dolorosa de la supervivencia que se juega en cada hogar, en cada barrio, cada día.
El concepto de “pluriempleo” ha dejado de ser una estrategia aspiracional para convertirse en una cruda necesidad. Antes, buscar un segundo o tercer ingreso podía significar un plus, un viaje deseado, un ahorro. Hoy, para vastos sectores de nuestra sociedad, significa apenas llegar a fin de mes. Es el profesor que da clases particulares después de su jornada escolar, el profesional que trabaja fines de semana en un emprendimiento que poco tiene que ver con su formación, la madre que hilvana changas para que la mesa esté completa. Un ritmo extenuante que erosiona no solo el cuerpo, sino también el espíritu y los lazos sociales.
La advertencia de que “la crueldad avanza” resuena con una vigencia desoladora. ¿Qué es más cruel que ver el esfuerzo desmedido de un padre o una madre que no alcanza para ofrecer un futuro previsible a sus hijos? ¿Qué mayor crueldad que la indiferencia ante la precarización que se naturaliza, la dignidad que se desgasta, la esperanza que se disipa? Esta crueldad no siempre viste el ropaje de la violencia explícita; a menudo, se disfraza de “ajuste necesario”, de “sacrificio inevitable”, de “realismo económico”. Pero sus consecuencias son palpables: fatiga crónica, estrés, la imposibilidad de planificar, la sensación de vivir al borde.
Argentina, un país de recursos y talentos, parece atrapada en un ciclo donde la prosperidad general se diluye en micro-luchas individuales. La energía que podría destinarse a la innovación, al crecimiento colectivo, se consume en la carrera diaria por subsistir. La “suma cero” se convierte en una condena silenciosa, donde cada victoria personal parece venir a expensas de la tranquilidad de otros, o de la propia. Es urgente mirar más allá de las estadísticas y reconocer el rostro agotado de nuestra gente. Solo así podremos empezar a redefinir la ecuación, buscando una suma que, esta vez, sea positiva para todos.
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