Las consecuencias sociales de pegarle al caído

Las consecuencias sociales de pegarle al caído
Es frecuente en las últimas décadas, ver patotas de jóvenes pegándole a otro joven que, estando caído es pateado en el piso, sin preocuparse criminalmente de hacerlo en la cabeza. Se ha hecho habitual, peleas entre mujeres jóvenes arrancándose los pelos, revolcándose en el piso, en duros forcejeos. Los espectadores incitan a las contendientes enceguecidas con expresiones violentas como “¡matala!”

El autor de esta nota recuerda las habituales peleas, algo más de seis décadas atrás, a las salidas diarias del secundario donde se dirimían a los golpes algún problema surgido dentro del colegio entre compañeros. La escena era presenciada por un grupo de jóvenes espectadores, compañeros de los peleadores y curiosos. Había una regla implícita que era respetada a rajatabla cuando uno de los peleadores caía: los curiosos gritaban ¡basta! ¡se acabó! Y si era necesario intervenían para separar. Por más enfurecido que estaba el ganador, era consciente que, si le pegaba al caído, su victoria se convertiría en una derrota y sería repudiado por todos los que habían presenciado el combate. Fuimos generaciones que nos criamos con la norma moral: “No se le pega a un caído”. Por eso, tal vez, hubo muchísimos jóvenes, entre los que me incluyo, que nos incorporamos a la política para mejorar la sociedad y abrazamos conceptos como el de la justicia social, que las luchas debían ser colectivas y que nunca había que ponerse enfrente de los sectores más débiles de la sociedad y mucho menos denostar al caído. En mis recuerdos del secundario, nunca presencié una pelea entre dos chicas.

Es un hecho conocido que el segmento de los jóvenes varones, entre 16 y 35, Milei arrasa electoralmente. Son jóvenes, en general, con mucho conocimiento de la tecnología, de una cultura adquirida en las redes sociales y mucha ignorancia de la historia del país. La dictadura establishment-militar les queda tan lejos como el cruce de los Andes por San Martín. Donde la pandemia y el aislamiento social jugaron un papel importante para acentuar el individualismo y el alejamiento de lo colectivo. El discurso de Milei que con su intemperancia representaba un enojo colectivo y su discurso con insultos insuflados de odio que representaba un creciente malestar social, encontró naturalmente ávidas orejas. La prédica de los cuatro años de Macri y su exaltación del emprendedurismo había abonado el terreno.

El Estado pasó a ser un enemigo. El mercado a conquistar con el esfuerzo individual una utopía seductora. El emprendedor un activo protagonista con reconocimiento social. Y el otro, alguien que no importa. Por eso si en lo cotidiano se podía patear al caído en una pelea, socialmente se puede mantenerse indiferente o alentar que se les pegue a los jubilados, se reprima a los discapacitados, se prive de remedios oncológicos a los enfermos de cáncer, se mantenga absoluta pasividad ante la destrucción del país. Se destruya la Argentina moderna bajo la premisa de “terminar con la inflación”. El superávit fiscal es el undécimo mandamiento agregado a los diez mandamientos que Dios le entregó a Moisés. El Presidente lo recibió de su hermana, reencarnación de aquel que en el relato bíblico abrió las aguas del Mar Rojo. Claro, que si nos atenemos al humor sarcástico de Jorge Luis Borges: “La Biblia es la más notable creación de la literatura fantástica”

El que le pega a un caído reflexiona: “Mientras la catástrofe no me afecte directamente, a mí no me importa. Que les peguen a los caídos, como le pegué a mi compañero cuando lo tiré al suelo y le pateé la cabeza.”

Ser cruel no es un demérito. Por eso la diputada Lilia Lemoine puede burlarse de un chico autista de 12 años, como antes había polemizado el presidente que se negó a bajar un Twitter contra el niño. Si un abuelo que le mataron un nieto en medio del dolor pide que los chicos asesinos sean educados en la cárcel, eso provoca la reacción del deleznable Gordo Dan, vocero informal del gobierno, quien a través de X escribió: “Pero viejo de mierda, te torturaron y acuchillaron a tu nieto en un baldío mientras lo filmaban implorando por su vida y cagándosele de risa, y vos estás pidiendo que aprendan a coser en vez de pudrirse bien en la cárcel, la concha bien de todo pelotudo hijo de puta”

En este clima gélido, se proscribió la piedad, se envió al exilio cualquier comprensión del semejante. Exhibir la crueldad merece en franjas significativas el elogio y no el repudio. El insulto, la denigración, el bullying, fueron alentados desde la Presidencia de la Nación y sus esbirros mediáticos. En uno de sus infinitos exabruptos, el Presidente afirmó rojo de ira: “Sí, soy cruel, kukas inmundos, soy cruel con ustedes, con los empleados públicos, con los estatistas, con los que les rompen el culo a los argentinos de bien”. O con una imprudencia delictiva afirmar: “No se odia lo suficiente a los periodistas”

Es la sociedad que engendró a Milei y que él representa. Sin embargo, es solo una primera minoría con un reducido grupo militante que se asume orgullosamente de derecha y que enarbola el odio como bandera. El 60% restante está huérfano de liderazgo y representación. La política como la naturaleza aborrece el vacío. En el subsuelo, tal vez, la Argentina de los grandes hitos históricos esté preparando el contrataque.

Si se renuncia a la lucha, las propuestas psiquiátricas del Presidente y su seleccionado terminarán venciendo y diseñando una sociedad invivible donde sobrarán 20 millones de argentinos. Si no se coordinan las resistencias hasta hoy aisladas; si no surge un proyecto seductor que enamore, que despierte sueños, que visualice un futuro donde todo argentino tenga un lugar, trabajo, seguridad, acceso a la vivienda, educación y salud públicas de calidad, el modelo colonial se impondrá. Hoy parece imposible, pero es absolutamente viable revertir esta derrota y emprender un real camino de progreso nacional con justicia social y distribución, si la administración de nuestras enormes riquezas se explota y administran con sentido patriótico.

No es tiempo para que predominen las miserias personales. Ello sólo facilita el accionar de quienes planifican una miseria económica colectiva.

Es muy poco, extremadamente insuficiente, funcional a Milei, reducir una alternativa a sólo oponerse a la demolición mileísta.

Es un período histórico donde la cordura peligra, la sensatez se retrae, la alegría se eclipsa, la mentira encandila y el optimismo flaquea.

Como mantener la cordura frente a un gobierno que descree de las vacunas, del calentamiento global, que supone que el mercado carece de fallas y los monopolios son beneficiosos, que el Estado debe ser destruido, que los héroes son los delincuentes que desfinancian al Estado desde el evasor, el contrabandista, y el narcotraficante, y que la soberanía consiste en arrodillarse antes el poderoso y actuar en espejo. Eso llevó a papelones como que Argentina votara en Naciones Unidas contra la eliminación de la violencia contra las mujeres, en contra de eliminar las torturas, contra los derechos de los pueblos indígenas.

Su lógica de razonamiento, le permite incursionar por el alambicado terreno del absurdo como quintaesencia de la razonabilidad. Descubierto que la inflación es mayor a lo que el Indec mide con una canasta cuya composición refleja a la sociedad argentina de hace 22 años, decidieron que la nueva del 2018, sólo se aplicará cuando no haya inflación. Es como si un médico le dijera a la madre de un niño con fiebre: “No use el termómetro hasta que su hijo no tenga fiebre”

Pero como dijo el escritor Mempo Giardinelli al cumplirse el primer año del gobierno (se puede anteponer DES) de Javier Milei: “No estás deprimido, es que gobierna Javier Milei”

* Publicado en La Tecl@ Eñe,