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Abrirse un OnlyFans no garantiza plata ni glamour. A partir de una experiencia personal, esta crónica desmonta el mito del dinero fácil y expone lo que hay detrás: precarización digital, gestión constante de audiencias, desgaste emocional y un mercado que promete mucho y paga poco
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“Debo 7 millones de pesos de alquiler”. La frase le pertenece a la influencer Martu Boden. La dijo en Para eso estamos, un streaming de Canal 13. Resulta que Boden no vio la letra chica de lo que había firmado y fue acumulando una deuda que, a la hora de finalizar su contrato, ronda ese número: 7 palos. Todos en el piso la escuchan y se agarran la cabeza. Ezequiel Katz, el conductor, contesta: “se viene el Only, boluda”.
Es una respuesta inmediata que sintoniza con el imaginario instalado de la plataforma: tenés problemas de guita, te abris un Only, dinero garantizado.
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–¿Te animás a abrirte un OnlyFans?
Me llamo Javier, tengo 37 años y me gusta hacer de la curiosidad un hábito. Mi amiga Erika, que me conoce bien, soltó entonces la pregunta que acaban de leer. Yo respondí:
–Sí, claro.
El desafío estaba planteado. El curso de los acontecimientos será, entonces, en estas coordenadas.
Por supuesto, inmediatamente me asaltaron las dudas: ¿me voy a exponer? ¿A qué, precisamente? ¿Voy a participar de un mercado de consumo de contenidos sobre cuerpos, justo yo, cero hegemónico y acomplejado desde chico?¿Quiénes son los que están del otro lado, celular y tarjeta de crédito en mano? ¿Desde qué fondo de olla de la perversión se genera el impulso de pagar por estos contenidos?
Es una tarde de domingo de sol, fresca. Un poco para pegarse un corchazo.
Los mates van y vienen a la vera del Paraná en este grupo de 4. Ronda de noticias: una de mis amigas con relación a distancia va a visitar a su novia, mientras que otra cuenta que está mejor de una depresión diagnosticada a la cual confío, le va a ganar por KO.
Espero mi turno para hablar. Saboreo el impacto que va a generar la novedad. Voy, finalmente, a decir la frase que lo va a cambiar todo: “Me voy a abrir un OnlyFans”.
“Ah” dice una. “Esta bueno, dicen que hay movimiento”, complementa otra. Mi decepción es total. No hubo sorpresas. No se encendieron fuegos artificiales ni sentí la trascendencia ni el reconocimiento del acto heroico. Primer prejuicio derribado: hay sobre el tema un estado de naturalización.
Entonces ¿Estamos hablando de porno? No necesariamente. “Hay OnlyFans de manos, te podes hacer algo así” me dijeron. Miro mis manos, y pienso: me gustan, son fuertes y son buenas: gracias a ellas escribo. “Mis manos son lo único que tengo” cantaba Victor Jara. “Alza las manos si queres fumanchar” dice Lescano.
El adulto que soy lleva para siempre en su mano derecha la cicatriz del niño que fui: una tarde, gateando, estiré el cable de la plancha que estaba en la tabla, quemándome la palma superior. Un descuido de la persona que estaba a mi cargo, ya que mi vieja estaba trabajando y mi viejo, como siempre, nunca estuvo.
Miro la mano y su cicatriz. No estoy seguro que alguien quiera pagar por ellas.
El desconocimiento supino en la materia me condujo a Sabrina, una amiga de larga data, quien hace tiempo me contó que fantaseaba con la idea de abrirse un OF. “Estoy en esa, te puedo enseñar lo que necesites”, me dijo cuando la llamé. De golpe, ya tenía una maestra particular.
“OnlyFans por sí sólo no genera tráfico”, comenzó Sabrina. “Vos tenés que redirigir desde otras plataformas a la gente a que vaya a tu Only. Podés hacerlo desde tu instagram.
–Creo que no quisiera exponerme con mi identidad real.
–Entonces tenés que abrirte un Reddit.
Reddit es una plataforma de noticias y foros que funciona a través de comunidades temáticas, donde los participantes comparten y votan contenido sobre básicamente cualquier cosa.
“Yo pensé que iba a ser mucho más rápido”, dice Sabrina. “Antes de tratar de conseguir clientes, tuve que jugar a que me interesaban comunidades ATP, mucho más naif: por ejemplo foro de gatites, decoración de interior, maquillajes…
–¿Cuánto tiempo?
–Meses
–¡¿Meses?!
–Sí, porque hay que lograr una especie de reputación, que se logra con votos a favor en tus posteos. Eso se llama Karma. Eso lo necesitas para que se te desbloqueen las comunidades para mayores de 18 años y ahí puedas ingresar, interactuar y redirigir a la gente a tu Only.
Mi ímpetu inicial flaqueó. Pasarme meses hablando de “gatites” no es la experiencia de exposición lujuriosa que vine a buscar. “Tenés que tomar decisiones sobre tu personalidad: tu nombre, si querés que te aparezca en Argentina. Yo eso no lo recomiendo porque el latinoamericano no paga. La papota está en Europa y África”.
–¡¿África?!
–Sí. El otro día hice un cliente de Marruecos. Lo que tenés que hacer es un perfil público, como si fuese un Insta. Tiene que ser estético y cuidado. Ahora, una vez que lo llevas a los mensajes privados, puede ser cualquier cosa.
–¿Puedo ver tus chats, Sabri?
Sabri accede. Veo sus intercambios casi diarios, entremezclada con sus fotos. A ella no parecía incomodarla que la vea desnuda, y a mí, la leve excitación se convierte en interés antropológico.
–¿Qué onda esta foto?
–Ahora encontré un rol que es ser sumisa, y tengo un cliente que es Mi Señor y es Mi Amo (carcajada). Me pide cosas específicas: por ejemplo nalguear el ojete y escribir “soy tu perra”. Tiene que ser en el momento, porque se tiene que notar que mi culo está colorado de darme nalgadas.
–¿Cómo estableces los límites?
–En este caso, le dije que era no lastimarme, y que después, según surja, vamos viendo. Después pensé capaz que me pide que me mée, eso puedo llegar a hacerlo. No se qué onda con el tema caca: podría, pero no me lo pidió. Igual fue muy respetuoso. Lo único, siempre tengo que hablar degradándome.
–¿Por ejemplo?
–Hablando de mí en tercera persona: “Esta perra puta quiere saber a qué se dedica Usted, Mi Amo”.
–¿Cómo pasamos de “gatites” a “esta perra puta”?
–(carcajadas) No lo puedo creer, boludo. Cuando estás en este camino, tenés que borrar todo tipo de prejuicio. Muchas cosas de las que hago no las haría en la vida cotidiana.
–Esto no es la vida cotidiana.
–No. Si te vas a abrir un OnlyFans, preparate para llevar una vida ficcional.
Es hoy.
Entro al navegador para buscar OnlyFans y automáticamente despliego la pestaña de incógnito: qué hipocresía ¿Qué hay ahí? ¿Qué deshonra se pone en juego cada vez que entramos en sitios para adultos?
Yo me hago la paja.
Vos te haces la paja.
Ustedes se hacen la paja.
Ya no es tabú, pero hay algo de auto engaño, de necesitar no ser uno mismo, de no ser nuestro yo logueado. ¿A quién queremos engañar? Google lo sabe todo: direcciones, movimientos, el número de tu tarjeta de crédito. Y por supuesto, a esta altura, sabe también lo que nos calienta. Quizá por esto mismo es que pretendemos resguardar lo poco que nos queda de intimidad, en la era de la intimidad como espectáculo.
Finalmente la plataforma y yo, cara a cara. Ingreso mi usuario, la contraseña. Foto de mi cara con DNI al lado. Tiene la misma interfaz de twitter. Es twitter pero lleno de tetas. O sea, es twitter. A propósito: no insistan en decirle X, en un país que aún no superó el cambio de Rexina a Rexona.
¿Y ahora? El vacío. Entre el ser y la nada. Sartre para pajines.
Soy arroba u520377111. Foto de perfil gris, genérica. Así no le vas facturar a nadie, maestro. Miro la app. Me quedo en silencio. No sé aún qué, pero algo tengo que hacer para, vaya paradoja, no estar en bolas.
Si para abrirme un OF tengo que, primero, generar comunidad. Y si para generar comunidad tengo que, primero, abrir un Reddit… pues allá voy.
Me registro. Tomo decisiones, como dijo Sabri: ¿Cómo se va a llamar mi alter ego? Pienso en nombres comunes, genéricos: Juan es poco imaginativo, Marcelo se presta al chiste fácil, Diego me parece sagrado. ¡Lo tengo! Damián. Nombre de chongazo si los hay. A lo cual me agrego dos apellidos, porque si voy a reinventarme, que sea con una estirpe de alta alcurnia.
Esto está siendo realmente más desolador de lo que pensaba. Si bien comencé a formar parte de comunidades afines a mis intereses, estoy a años luz de poder acceder a las categorías +18. Esta experiencia no me está transformando precisamente en la máquina de exhibición sexual que pretendía, pero al menos, me sirvió para aprender a reparar el automix de la Suzuki AX 100.
No obstante, vale la aclaración: me aburro.
Hasta que un posteo me saca del sopor de la cotidianeidad virtual: “Ando muy irritado, no me aguanto nada, no me queda otra que reprimir las lágrimas hasta que termino por reventar. La verdad es que ya no aguanto más, me volvieron las ganas de autolesionarme.” dice un posteo en la comunidad Rosario, la ciudad donde vivo.
¿Qué salió tan mal para que un chico acuda en búsqueda de este tipo de ayuda –apremiante, impostergable– en una red social de desconocidos donde ni siquiera tenemos nuestros nombres de verdad?
¿De qué materia está hecho este desamparo?
Y un día, de pronto se hizo la luz: puedo finalmente acceder a las comunidades antes ocultas. Encuentro petróleo. Los nombres de las categorías son, como mínimo, elocuentes:
Placeres asiáticos personalizados o Mamás descuidadas. Otras: Tareas de esclavo, Fetiches de pies, Tetas grandes recibiendo nalgadas y haciendo clap o “Cabra de garganta”. ¿Qué carajos será cabra de garganta?
Vamos a hablar del elefante en la habitación: según estadísticas, el porcentaje de usuarios que pagan por contenido son hombres, con estimaciones que van desde el 80% hasta el 97% del total de suscriptores. Soy una persona hetero cis y todas las categorías de varón tradicional que quieran ponerme: pero ir a pescar al río revuelto del 3 % de mujeres lo veo estadísticamente inviable. Asumo que voy a tener que interactuar de alguna manera virtual-sexual con hombres.
“Hay mucha calificación de pito” me dijo Sabri aquella vez. La táctica es básicamente subir una foto del pene en estado de erección, y someterlo a la voluntad del soberano. Una vez allí, de ser del agrado del usuario que califica, se puede seguir por privado llevarlo al Only y ahí sí, por fin, facturar.
¿Cómo se califica un pito?
Es decir: ¿es el tamaño lo que determina su puntaje? ¿O hay parámetros estéticos más o menos objetivos por parte de quienes hacen las veces de jurado?
Como sea, decido que voy a hacer de la calificación de pitos mi unidad de negocios. Pero tengo un problema: no tengo bagaje de fotos, con lo cual, mi sala se transformará en un estudio de fotografía, y mi noche de viernes en una sesión.
Comienzo a tocarme para generar contenido. Ni siquiera tengo ganas. De hecho no sé si voy a continuar con esta labor después de la foto. Logrado cierto estado de excitación, tomo el teléfono, abro la cámara pero en modo retrato: me gusta el protagonismo que otorga una mayor profundidad de campo.
“Es como sextear”, pienso. Pero no. Es muy diferente a sextear. Tener que hacerlo en función de un otro, o estar pendiente de aspectos fotográficos como el encuadre o a la regla de tercios, o pensar en el sometimiento a las leyes de la demanda virtual, simplemente deserotiza. Se vuelve mecánico lo que debería ser placer. En criollo: se me baja.
Voy de nuevo. Mente en blanco. Trato de imaginar personas o situaciones. Pienso en mi ex la Sindicalista. Pienso en Bailarina 1 y 2. Pienso en La Periodista, aunque cada vez menos.
Ahora si, mi virilidad vuelve a un estado sólido, pétreo, turgente. Agarro nuevamente el teléfono: voy a sacar como sea la foto. Nunca fue tan oportuna la pregunta ¿Qué foto?
Click.
No estoy para nada conforme con el resultado. Pienso en fotoshopear, pero también creo en la vindicación de la honestidad como valor. Ya fue, enviar.
Y ahí va, mi anatomía saliendo de la atmósfera de mi computadora, remontándose a la estratosfera de internet, y de ahí, volverse objetado por quién sabe uno. Contra todo pronóstico, resulta aliviador sentir que, una vez hecho esto, en un punto, no pasa nada. Ni vergüenza, ni arrepentimiento, ni audacia: apenas una mueca de travesura.
Comiezan los comentarios. Intento chamuyar a los primeros a ver si los llevo al Only con una fórmula que vi en otros posteos: “cariño cómo estás? + Tengo más en mi perfil + link de mi cuenta de OF + es gratuito”. Un poco me siento un vendedor de medias en la peatonal: eh facha, te vendo un Only, 3 x 1000.
Fracaso rotundamente.
Para mi sorpresa, el tema ganará notoriedad semanas después en la discusión pública cuando Maria Eugenia Ritó confiese que se gana la vida calificando pitos por dinero.
Para finalizar, y en lo que respecta a las evaluaciones hacia mi posteo, destaco a un usuario que dijo: “El prepucio es mi favorito, y se ve un poco por encima del promedio”.
Otro forista, en cambio, se despachó tajante, con la frialdad categórica que solamente otorgan los números: “3/10”.
“Es un mito que si sos mínimamente atractiva y subís un par de fotos desnuda te vas a llenar de guita”. Me topé con este tuit escrito por Juanita Cervio, una de las mayores influencers sobre trabajo digital y mercado tech en el país.
Sigue su hilo: “Lo que casi nadie dice es que OnlyFans no es sólo ‘subir contenido’. Es un ecosistema de gestión de audiencias, marketing digital y ventas uno a uno. Muchas de las chicas que logran buenos ingresos no lo hacen solas, sino con equipos detrás”. La leí y sentí que tenía que hablar con ella. La busqué, la contacté y terminé preguntándole:
–¿Por qué está instalada la idea de que ante cualquier necesidad económica me abro un Only y ya?
–Es parte de un esquema más amplio de promoción de cursos o mentorías que supuestamente te enseñan a tener un negocio digital desde cero, ante la falta de trabajo o de oportunidades reales. En OF la gran mayoría de las personas NO ganan dinero.
–¿Cuál crees que es el mejor camino para lograr monetizar?
–La gente que logró monetizar es gente que en general tenía una audiencia amplia de antes. Generalmente con temas que no estan relacionados con mostrarse desnuda. O personas con una apariencia hegemónica característica. No hay un camino, pero si sos una persona promedio, y empezás de cero, es muy difícil que puedas monetizar.
Desánimo. Desaliento, falta de ánimo. Es lo que sentí al escucharla. No obstante, me alivió caer en la cuenta que en su explicación está el marco teórico al cual adscribo con mi praxis: sus argumentos hacen match con mi fracaso.
–Entonces: ¿Vale la pena?
–Depende de cada persona. La gran mayoría considera que no lo vale.
La primera vez que me estafaron fue hace unos años con un sillón que compré en una página de Instagram, el cual jamás llegó. La última vez fue ahora, hace un ratito.
Comencé a publicar en las comunidades de sexting. Y un buen día alguien dijo algo: “Hola!”. Es domingo, estoy en el río y de pronto un shot de adrenalina recorre mi cuerpo, como cuando te llaman para una entrevista de un trabajo que realmente querés, o te escribe la que te gusta. Me hizo olvidar que en ese momento era el encargado de la parrilla.
Dije yo: “¿Cómo estás?
Mi nuevo amigo se llama Dan. Es de Akron, una pequeña ciudad que se encuentra en el estado de Ohio. ¿Cómo es que un gringo elige pasar su tarde de domingo chateando con un NN que al otro lado del mundo?
Conversamos: le digo que soy periodista, que me gusta el rock, el metal y la literatura. Busco intereses en común, que le voy a decir: ¿Do you know Anthony Rivers, the Master?
El no me quiere contar a qué se dedica. Me ubica en tiempo y espacio: él tiene el dinero, él manda. Hay una unidireccionalidad en este juego; no vamos a construir nada, todo estará atravesado por la lógica mercantil.
Blanqueo, estoy en esta, me gustaría que sigamos hablando, pero ahora la situación es bastante inoportuna: se me pasan los choris, Dan. Quedamos que todo bien, que después la seguimos. Creo que no le gustó el corte de rostro.
Al día siguiente retomo el contacto. “Hi honey”. Nada. Al rato me tira un “aquí estoy”. Que cómo estuviste. La verdad es que la remo un montón: Dan es un pésimo conversador. Le cuento que estoy por ir a entrenar, y eso parece entusiasmarlo. “Te gustaría que haga algo allí?”, pregunto. Dice que sí.
La estoy viendo. Nunca cerré un negocio de grandes cantidades de dinero, pero supongo que se debe sentir esta mezcla entre adrenalina y ansiedad. “Estoy yendo hacía allá, en breve tendrás noticias mías –emoji guiño de ojo.”
Llego un poco sobre la hora. Hago los ejercicios y después sale foto, me digo. Así fue que luego de las pesas rusas y las mancuernas voy al vestuario del gimnasio. Se que tiene un gran espejo y pienso que es un excelente lugar para una producción.
No obstante, hay gente que está por bañarse. No pienso sacarme fotos con otros tipos ahí, sería un bochorno. Hago como que busco cosas en la mochila, respondo mensajes, gano tiempo, bah. Aprovecho y me ducho, así cuando salgo, los demás se habrán ido.
Mi plan no solo funciona, si no que además es superador: tengo el pelo mojado, una toalla. Es sensualmente perfecto. Estoy solo, me cercioro que nadie entre, pero tampoco puedo garantizarlo. Me posiciono frente al espejo. Hago caer levemente la toalla para que se me vea un poco el pubis. Miro a la pantalla. Meto panza, por supuesto, si mi cuerpo me avergüenza como nada en la vida. Levanto un poco la ceja. Por dios que espanto esto, toda una coreografía del ridículo. Que estrés tener que vivir así.
Disparo una serie de fotos. Elijo una, la fotoshopeo un poco, a esta altura ya no me importa mentir. Se la mando. Luego, la no respuesta, que es el tiempo de la expectativa. ¿Estás ahí Dan?
Vuelvo a escribirle a las horas. No solo jamás me pagará la foto si no que se pronunciará al respecto. Desde que comencé este recorrido me expuse y no me pasó nada. Sentí hastío, un poco de ridículo, pero qué es la vida si no eso. Sin embargo Dan va a pronunciar una frase no demasiado virulenta, pero va a ser la primera vez que sienta que algo me hirió de verdad. Tiró una mano que conectó, un uppercut al autoestima:
–No eres gran cosa.
Me harté.
Pasé horas de mis días en estas plataformas. Resigné horas de sueño para nada. Probé de todo: no me animé a Grindr.
Voy a sacar a relucir acaso la última y más potente de mis armas: la sinceridad. Posteo en la comunidad Argentina de OF de Reddit: “Soy un creador nuevo que está haciendo un experimento y necesito vender material, aunque sea una foto”.
Inmediatamente tengo una respuesta: “claro que si rey, hablame por DM”.
Hablo con Brayan. Tiempo atrás se vio envuelto en el siguiente dilema. “Me faltaba guita y yo tengo un cuerpo privilegiado y bien entrenado, además de otros buenos atributos que no voy a mencionar”, dice sugerente.
Evidentemente algo de su historia empatizó con mi situación y decidió contribuir con este frustrado creador de contenido que soy. A él tampoco le gustan los hombres, pero sintió que el dinero no tiene moral, y se arriesgó: creó un perfil de Instagram y comenzó a generar tráfico a su Only. Cuando le pregunto cómo le fue, me dice: “maso, abandoné al tiempo, pero hice algo”.
–¿Cuánto?
–Y, algo.
La verdad es que no quiero incomodar, pero lamentablemente el mercado manda y tengo que preguntarle si efectivamente va a hacer la compra. “Si, pero no me mandes nada jaja”, me dice. De cortesía le mando una foto haciendo una pistolita con la mano, como diciendo: gracias.
La transacción se realizó con éxito. Mis primeros 3 dólares. Hace meses esperé este momento. Imaginaba cómo sería y vislumbraba solo satisfacción y opulencia. La verdad y para ser sincero, lo único que siento es la herida narcisista que me provocó el yanqui aquel.
También es curioso que al final, me terminó ayudando alguien de acá. Aunque a muchos no les guste, en este país sobra buena gente.
Este artículo fue elaborado en el Taller de crónica de El Cuaderno Azul 2025 que coordina Alejandro Seselovsky.