Sam Altman dice que la IA no contamina tanto como se cree

El CEO de OpenAI, Sam Altman, ha vuelto a encender la polémica al intentar minimizar el desmesurado impacto ambiental de la inteligencia artificial generativa. En una reciente intervención, el empresario sostuvo que las críticas sobre el consumo de recursos de esta tecnología son exageradas, utilizando una analogía tan audaz como cuestionable: comparó el costo de “entrenar” un modelo de IA con la cantidad de alimentos y agua que requiere un ser humano para desarrollarse durante sus primeros 20 años de vida.

Esta retórica busca naturalizar una industria extractiva que demanda volúmenes masivos de agua dulce para refrigerar servidores y una infraestructura energética que presiona sobre las ya frágiles matrices de los países en desarrollo. Al desviar la atención hacia la biología humana, Altman omite que la IA no es un organismo natural, sino un producto corporativo diseñado para la acumulación de capital, cuya huella hídrica y de carbono crece a un ritmo que los ecosistemas difícilmente pueden asimilar.

Desde una perspectiva de derechos climáticos, el argumento de Altman resulta alarmante. Mientras el Sur Global enfrenta sequías extremas y crisis energéticas exacerbadas por el calentamiento global, las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley continúan expandiendo sus centros de datos con una lógica de crecimiento ilimitado. La comparación con la vida humana no es solo una falacia lógica, sino una muestra del desapego de las élites tecnocráticas frente a los límites biofísicos del planeta y las asimetrías sociales que su modelo de negocio profundiza.

La Mirada de NoticiaHub

La analogía de Altman es un ejercicio de deshumanización disfrazado de optimismo tecnológico; al equiparar el desarrollo de la conciencia y la vida humana con el procesamiento de algoritmos, se ignora que la existencia es un derecho intrínseco, mientras que la IA es una herramienta de mercado subordinada al lucro. Este discurso intenta legitimar un modelo de desarrollo que prioriza la rentabilidad de las grandes tecnológicas por sobre la soberanía ambiental de los pueblos, reforzando una estructura de poder donde el “progreso” del Norte Global se sostiene, una vez más, sobre la explotación de los recursos vitales del Sur.


Fuente de los datos: pagina12.com.ar