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También están las historias familiares que rodean su camino. Su madre, medallista olímpica, dejó una huella indeleble, mientras que su padre encontró en el fútbol una vía de escape frente a un destino impuesto por la guerra. A ese entramado se suma su hermana, nacida como él en Uzbekistán, pero representante de la Argentina en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000.
CUÁL ES LA INCREÍBLE HISTORIA DE STANISLAV ICHKOV, EL TENISTA QUE SE AFIANZÓ EN ARGENTINA POR SU FAMILIA
En la actualidad, Stani dirige una escuela de tenis en Canning, donde entrena a jugadores de todas las edades y niveles: desde quienes dan sus primeros pasos hasta aquellos que buscan proyectarse al profesionalismo y comienzan a sumar puntos ATP, un camino que él mismo recorrió años atrás. Sin embargo, su recorrido hasta convertirse, mucho tiempo después, en número uno Senior del ranking ITF empezó bastante antes, cuando todavía se estaba adaptando al idioma y a una nueva cultura.
Nacido en Uzbekistán en abril de 1988, llegó a la Argentina siendo muy pequeño. A los cinco años se instaló en el CENARD, el Centro Nacional de Alto Rendimiento ubicado sobre la avenida Libertador, en la Ciudad de Buenos Aires. Ese lugar, considerado la casa del deporte argentino, fue su hogar durante varios años y el escenario donde convivió con figuras destacadas de distintas disciplinas.
Recuerda ese tiempo como una vida sencilla pero intensa: habitaciones básicas, comidas compartidas en el buffet y un entorno poblado de atletas de elite. Por allí pasaban referentes como Manu Ginóbili, José Meolans, Omar Narváez y muchos otros, además de visitas ocasionales de figuras históricas como Diego Maradona. Todos, en algún momento, entrenaron o vivieron en ese espacio.
Para muchos era “el hijo de la Rusa” o simplemente Rosa, en alusión a su madre, Rauza Rafikova de Ichkov. Él mismo se define como una especie de mascota del CENARD, siempre presente en pasillos y canchas. Esa convivencia constante con el deporte marcó tanto a él como a su hermana, y terminó definiendo su vocación.
La historia de su padre, Wra Ichkov, también está atravesada por el deporte, aunque surgió por una necesidad vital. En los años finales de la Unión Soviética, y con el recuerdo familiar de la guerra, encontró en el fútbol una vía para evitar el servicio militar. Eligió ser arquero —una posición con menos competencia— y logró integrar el seleccionado, lo que le permitió quedar exento del frente de batalla. Representó a la entonces provincia de Uzbekistán, aunque su carrera quedó truncada cuando la familia emigró a la Argentina gracias al trabajo de su esposa.
Rauza, entrenadora de gimnasia artística, tenía una trayectoria sobresaliente. Entre sus mayores logros figura la medalla de oro olímpica obtenida por su alumna Rozaliya Galiyeva en Barcelona 1992, además de títulos mundiales y una medalla plateada en Atlanta 1996. En ese contexto, el reconocimiento estatal a los deportistas de elite permitía vivir del deporte, con apoyos económicos y premios que incentivaban la competencia de alto nivel.
Su prestigio profesional la llevó a viajar por distintos países hasta llegar a Sudamérica. Fascinada por la Argentina, aceptó la propuesta de convertirse en entrenadora principal del seleccionado nacional de gimnasia. Permaneció en el país durante años, hasta que la crisis económica la impulsó a emigrar a Estados Unidos, donde se radicó junto a su hija y obtuvo la ciudadanía. Stanislav, en cambio, decidió quedarse en Buenos Aires y continuar ligado al tenis.
La primera en representar al país fue su hermana Svetlana Ichkova. Diez años mayor, clavadista desde los seis años y campeona juvenil en Uzbekistán, se estableció en Mar del Plata, trabajó en el EMDER y consiguió la marca mínima A en trampolín de tres metros. Ese logro la llevó a competir en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 bajo la bandera argentina.
Para Stanislav, la infancia estuvo marcada por cambios profundos: un nuevo idioma, costumbres distintas y la pérdida temprana de su padre. En ese entorno desafiante pero lleno de oportunidades, un encuentro fue decisivo. Un entrenador, Luis Martín, le propuso tomar una raqueta y probar suerte en el tenis. Aquel gesto simple definió su destino.
Desde entonces, Luis Martín lo acompañó durante toda su etapa formativa y competitiva, incluso hasta sus primeros pasos en el circuito ATP. Tras su regreso de Europa, Stani se volcó a la enseñanza y al trabajo cotidiano en el deporte. Hoy, ambos comparten el proyecto en la escuela de tenis. “Él me dio una profesión, me formó como persona y como jugador”, resume, reconociendo al entrenador que le cambió la vida.