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El deporte había sido un pilar en su desarrollo personal, por lo que la idea surgió casi de forma espontánea. Tras más de diez años observando las limitaciones del sistema penitenciario para lograr una verdadera reinserción, tuvo una revelación: integrar el espíritu del rugby en el ámbito carcelario podría abrir una nueva oportunidad para la transformación de los internos.
CUÁL ES LA HISTORIA DEL EQUIPO DE RUGBY QUE SURGIÓ EN LA CÁRCEL Y TIENE UN OBJETIVO EMOCIONANTE
En diálogo con Radio 750, Eduardo “Coco” Oderigo relató cómo nació una iniciativa que cambiaría su rumbo profesional y el de muchas personas privadas de la libertad. Tras trabajar durante 15 años en el Poder Judicial, notó que quienes reincidían solían volver con delitos más graves. Sin tener respuestas mágicas, recordó el impacto positivo que el deporte —especialmente el rugby— había tenido en su vida y decidió llevar esa experiencia a una cárcel cercana a su casa.
El inicio no estuvo exento de desconfianza. Según contó, el director del penal temía que se tratara de introducir un deporte violento a un contexto ya complejo, pero aceptó probar con un entrenamiento. Con el tiempo, se construyó un vínculo de confianza que dio lugar a un proceso distinto, basado en la constancia y la perseverancia como motores de transformación real.
Oderigo también participó en proyectos con institutos de menores, aunque reconoce que el alcance de la organización es limitado. En ese marco, cuestionó la propuesta del gobierno de Javier Milei de bajar la edad de imputabilidad a 13 años, al considerar que no resolverá el problema de la delincuencia. Para él, aumentar el encarcelamiento sin cambiar las condiciones de fondo no genera soluciones.
Los prejuicios no solo provinieron del sistema penitenciario. El propio Oderigo relató que, al principio, los detenidos desconfiaban de él por su perfil social y profesional, y creían que tenía otras intenciones. También fue difícil sumar voluntarios de su entorno, pero remarcó que la paciencia y el diálogo fueron claves para tender puentes tanto dentro como fuera de la cárcel.
El trabajo en la cancha, con reglas compartidas y un espacio más horizontal, marcó un punto de inflexión. Poco a poco, se generó una integración entre los voluntarios y las personas detenidas, formando un equipo que derribó barreras simbólicas entre mundos que parecían opuestos.
Este cambio cultural tuvo efectos concretos: disminuyeron la reincidencia y los niveles de violencia. Oderigo explicó que el reconocimiento, el elogio y la confianza influyeron en la autoestima de los internos, quienes empezaron a adoptar actitudes menos individualistas y más solidarias. Gestos simples, como compartir botines o apoyarse dentro del juego, comenzaron a modificar la dinámica de los pabellones.
Con el tiempo, la experiencia se expandió. Hoy, según señaló, el programa está presente en 46 cárceles de Argentina, y su crecimiento se vio impulsado por la difusión mediática y los resultados obtenidos. Para Oderigo, mirar a alguien a los ojos y hacerle sentir que es capaz puede marcar la diferencia.
El desafío siguiente fue el mundo laboral. A través de una fundación, buscan generar vínculos con empresas que se animen a ofrecer segundas oportunidades. Sin embargo, reconoció que la inserción laboral sigue siendo un obstáculo para quienes tienen antecedentes penales. “Salen mejores, pero no consiguen trabajo”, afirmó, y pidió que al menos se les permita competir en igualdad de condiciones.
Para él, el verdadero cambio no solo ocurre dentro de las cárceles, sino también en la sociedad, cuando se abren puertas reales para la reinserción y se reemplazan los prejuicios por oportunidades.