Por qué a los líderes les cuesta dejar el poder según la psicología

Por qué a los líderes les cuesta dejar el poder según la psicología
El poder, para muchos líderes, no es solo una herramienta de gestión sino también una parte central de su identidad. A lo largo de la historia, tanto en la política como en el mundo empresarial y social, se repite un mismo patrón: dirigentes que se resisten a dar un paso al costado incluso cuando las circunstancias indican que es momento de un relevo. Esta dificultad para soltar el mando no suele ser casual ni puramente estratégica, afirman expertos en Salud y psicología.

Desde la ciencia, distintos estudios explican que el ejercicio prolongado del poder puede modificar la manera en que un líder se ve a sí mismo y a los demás. Comprender por qué a los líderes les cuesta dejar el poder permite no solo analizar mejor ciertos comportamientos públicos, sino también reflexionar sobre cómo influyen el ego, el apego y la necesidad de control en las decisiones que marcan el rumbo de organizaciones, países y comunidades.

QUÉ IMPLICANCIA TIENE DEJAR EL PODER SI SOS LIDER SEGÚN LA PSICOLOGÍA

Isabel Aranda, integrante del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, sostiene que el poder suele resultar especialmente atractivo para personas con una fuerte necesidad de influir y dirigir a otros. De acuerdo con su mirada, para ciertos perfiles el poder funciona como un motor central que los impulsa a elegir profesiones y vínculos donde puedan condicionar o guiar el comportamiento ajeno.

Las investigaciones y la experiencia clínica muestran efectos bastante claros de este fenómeno: quienes ejercen poder tienden a sobreestimar su capacidad de control sobre las personas y las situaciones, a subestimar los límites externos y a perder sensibilidad social, lo que se traduce en una menor empatía. Aranda remarca que estos rasgos se intensifican cuanto mayor es la cuota de poder que se concentra, porque también crecen el ego y la distancia con los demás.

La especialista advierte que esta sensación de control, alimentada por halagos, privilegios y rituales institucionales, activa en el cerebro los circuitos de recompensa. Por eso, cuando llega el momento de perder el cargo o el estatus, pueden aparecer síntomas como ansiedad, irritabilidad o una fuerte sensación de vacío. El reconocimiento y el afecto ligados al rol funcionan como un refuerzo psicológico que vuelve todavía más difícil soltar ese lugar.

El problema se profundiza cuando el puesto se confunde con la identidad personal. En esos casos, explica Aranda, dejar el poder se vive como una especie de “muerte simbólica”, porque desaparece el personaje social con el que la persona se identifica. Esa fusión entre rol y yo dificulta mantener los pies en la tierra y aceptar el final de una etapa.

Como contrapunto, Aranda menciona a Nelson Mandela como ejemplo de un liderazgo capaz de anteponer el bien común a la necesidad de imponerse. También propone distintas estrategias para facilitar una salida más sana del poder: buscar opiniones honestas, revisar el sentido de cada decisión, priorizar objetivos colectivos, asumir errores, comprender que los cargos son transitorios y pensar en el legado que se deja. Estos frenos, señala, ayudan a que el momento de dejar el poder sea menos traumático y esté más orientado al interés general.